El ocio que nos mata. Una mirada desde la ética budista. (I)

Que debido a la pandemia por la Covid-19 la sociedad está atravesando por un momento de mucho sufrimiento resulta innecesario señalarlo. Sin embargo la reacción de la ciudadanía parece apuntar a una falta de identificación del origen de tanta desdicha.

Esto es debido, sin duda, a la incapacidad de los seres humanos para evitar tanto dolor —no olvidemos que esta pandemia tiene carácter global— Todos deseamos contar inmediatamente con una vacuna o un tratamiento terapéutico que sean eficaces para acabar con el virus. Ese es todo nuestro horizonte y eso mismo conlleva una gran carga de sufrimiento.

El periodista Iñaki Gabilondo señaló recientemente: “Percibo un grado de inconsciencia colectiva creciente. Estamos viviendo con los ojos cerrados y no queremos ver lo que nos pasa” [1] Pone el autor de este comentario la atención en la falta de consciencia y en la negación de la realidad. Esto, por sí mismo, es dramático.

En la ética budista basada en las Cuatro Nobles Verdades se hace hincapié en la necesidad de reconocer la existencia del sufrimiento y sus causas (Primera y Segunda Nobles Verdades) Pero, para hacer esto, es importante que las personas tengamos claro qué es el sufrimiento. Hay síntomas visibles y fácilmente identificables como son la pérdida del puesto de trabajo y la dificultad para la recolocación laboral; la pérdida de seres queridos y el sufrimiento de aquellos que han sido diagnosticados y que presentan los terribles efectos de la enfermedad; en útima instancia, la hospitalización en las Unidades de Cuidados Intensivos que supone un coste físico y mental (y también espiritual) de difícil recuperación y, a veces, muchas veces, irreversible. Nada de esto sale gratis.

Sin embargo, hay una buena parte de la sociedad que identifica el sufrimiento con la necesidad de hacer confinamientos, totales o perimetrales, la restricción de la movilidad y la dificultad o imposibilidad de ir a bares y restaurantes; en definitiva, no poder acceder al ocio.

En la sociedad actual los individuos estamos saturados de impulsos consumistas que nos llegan a través de sofisticados medios de comunicación y persuasivas técnicas de venta. Por otro lado, durante décadas hemos ido construyendo una sociedad del bienestar basado en el consumo y la satisfacción de aparentes necesidades que no son tales sino un escaparate en el que nos muestran los apetecibles bienes de consumo.

Decía Nietzsche:la persona tiene que aprender a no responder inmediatamente a un impulso, sino a controlar los instintos.” En nuestra sociedad estamos actuando constantemente por impulsos consumistas que no aportan ningún bienestar duradero sino producción de dopamina para  acceder a un pasajero, transitorio, estado de euforia. Nada más. A cada impulso sucede otro, y otro, y otro.

Se nos priva de un sistema social que nos invite a la mirada sosegada y a la atención contemplativa con objeto de neutralizar el bombardeo de estímulos consumistas. Nos dicen que lo importante es la economía basada en el consumo permanente y nosotros lo creemos a pies juntillas y seguimos esa corriente.

Pero la realidad, desde una mirada de atención plena, es bien distinta. El ser humano tiene unas necesidades muy superiores a las meramente, aunque muy importantes, necesidades básicas; alimentación, vestido, calzado, salud, educación. Para el escritor Pablo D’Ors los instintos obedecen al cuerpo; los deseos a la mente; y los anhelos al alma. Para crecer integralmente como personas hay que alimentar el espíritu y esto solo se consigue a base de consciencia. Detener el alboroto mental; sosiego y reflexión. Silencio interior.

Volviendo a la Ética Budista, el maestro zen Thich Nhat Hanh [2] nos indica en la explicación de la Segunda Noble Verdad, las causas del sufrimiento, que hay cuatro nutrientes cuyo consumo nos aportan sufrimiento o bienestar. Son, el alimento comestible, la impresión sensorial, la volición y, por último, la conciencia. Si observamos con ecuanimidad y visión profunda cada uno de estos nutrientes veremos que, efectivamente, pueden aportar sufrimiento o bienestar.

Hoy deseo poner la atención sobre el cuarto nutriente; la conciencia colectiva. Thay, el maestro, nos lleva a la siguiente reflexión. “Estamos influidos por la manera de pensar de las personas que nos rodean y consumimos las ideas de otras personas de muchas formas distintas. Es nuestra conciencia la que diseña nuestro mundo.” No hay nada más cierto en ello.

El impulso consumista al que antes hacía alusión nos lleva a una conciencia colectiva que nos ofrece una realidad artificial que, además de aportar muy poco beneficio, genera una alta carga de estrés y de ansiedad. Apenas nos concedemos tiempo para la contemplación y deseamos todo aquí, ahora y gratis. Este aquí, ahora no tiene nada que ver con el Aquí y Ahora. Todo ha de ser rápido para que cuando el impulso consumista haya sido cumplido (que no satisfecho) sea sustituido por el siguiente y así en una interminable rueda que gira suspendida en el aire, dando vueltas sin ir a ninguna parte; es como la carreta que ha volcado y sus ruedas siguen girando en una inercia fatigosa y estéril.

Debido a los efectos de la pandemia focalizamos buena parte de la atención en los usos y las costumbres de diferentes colectivos; por ejemplo, la actitud de muchos jóvenes.

El botellón, las reuniones imprudentes, las fiestas clandestinas, son actos protagonizados generalmente por adolescentes y jóvenes y copan los medios de comunicación intentando obtener de la ciudadanía el reproche, la condena…… SEGUIRÁ EN UN PRÓXIMO ARTÍCULO.

 

 

[1] La firma de Iñaki
https://play.cadenaser.com/audio/1601449096_276_cut/

[2] Buenos ciudadanos.
Thich Nhat Hanh. Ediciones Oniro

[3]

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