La clave está en la educación (y 2).

Lo que no quieras para ti no lo quieras para tus hijos.

En el artículo anterior habíamos visto como el sistema educativo “educastraba” a los niños desde la más temprana edad. No dijimos, porque no había sitio para ello, que hay que añadir que “con la colaboración necesaria de la familia”

La familia, un concepto que nos intentan inculcar desde muy jóvenes recalcando sus bondades; que es el núcleo de la sociedad, la cohesión y el enraizamiento y apoyo de los individuos, el suelo sobre el que se edifica la sociedad y todo eso…

En el primer curso de la carrera de Económicas, Empresariales o Dirección de Empresas se define a la familia en su sentido más real en la sociedad actual: “La familia es la unidad básica de consumo”. Y a partir de ahí viene todo lo demás. Desde la educación hasta la religión pasando por todo un universo de adoctrinamiento “social”

Y para llevar a cabo todo esto la colaboración de la familia es esencial y se convierte en un instrumento de adoctrinamiento, es decir, nada que ver con ese concepto ideal al que hacíamos referencia al principio.

Vamos a ir desgranando unos pocos conceptos para que los mayores no incurran en ciertos comportamientos que tanto daño harán en el futuro a sus hijos (y que se hacen a ellos mismos a cada día)

ESTRÉS Cerca de mi trabajo hay un colegio y varias veces me he detenido a su puerta por la mañana, a eso de las nueve, para observar como papás y mamás “descargaban” a sus hijos en el colegio. La escena es común y se repite cada día. Llega el coche, con papá o mamá al volante y el hijo detrás; se paran justo al lado del semáforo y ambos salen corriendo, cada uno por su puerta, el niño con la mochila a medio colocar y su padre dando indicaciones; “vamos, corre Juanito, que es muy tarde”. Y Juanito corre, y María, y todos los que a esa hora llegan al colegio, que son muchos.

Los papás regresan, corriendo, claro, al coche y salen disparados adonde tengan que ir, al trabajo en el caso de los más favorecidos.

La pesadilla continúa a lo largo del día para los pequeños. Agobiados por planes de estudio que se han demostrado ineficaces a todas luces (véanse los distintos informes PISA) y dirigidos por maestros y profesores con unos niveles de estrés superiores a los de los chicos por razones que quizás en otro artículo abordaremos, los chicos llegan al final de la jornada escolar y comienza la segunda parte de su pesadilla; las tareas extra escolares o complementarias. Clases de idiomas, de artes marciales, actividades deportivas, generalmente de competición (hay que fomentar la competitividad desde bien pequeños) y un largo etcétera de cosas atroces para el desarrollo equilibrado del joven.

Las consecuencias siempre llegan (1); en el aspecto físico jamás se han dado niveles tan altos de obesidad, colesterol, problemas digestivos y otros síntomas físicos sin ninguna enfermedad física. Emocionalmente presentan ansiedad, preocupación, incapacidad para relajarse. Aparece el déficit de atención, la tendencia al aislamiento y al comportamiento violento, hacia los demás o hacia ellos mismos. Al final se llega a la enfermedad y al fracaso escolar. Es curioso porque culpamos al niño de “su” fracaso escolar cuando en realidad deberíamos decir “nuestro” fracaso. Reflexiona.

¿Cómo cambiar todo esto desde nuestra competencia como padres, educadores, instructores o responsables? Sin duda desde nosotros mismos. Como decía el Mahatma Gandhi: “nosotros debemos ser el cambio que deseamos ver en el mundo”

Administrar el tiempo prudentemente. No es difícil llevar una vida más equilibrada si nos ajustamos a horarios que compatibilicen la actividad y el descanso; por ejemplo acostarse temprano y levantarse con tiempo para el aseo, el desayuno y la salida de casa.

Moderar la cantidad de actividades. Más actividades no significa adquirir un mayor nivel de competencia. Como hemos visto, esto puede conducir al efecto contrario. Sin embargo si aplicamos la vieja técnica de “lo bueno, si breve, dos veces bueno” comprobaremos que con una menor actividad asimilaremos mejor los conocimientos sin perder el equilibrio.

Practicar la Meditación. Esta actividad debería ser común en todos los niveles educativos. Aprender a aquietar la mente, a respirar conscientemente, a sentir cada latido del corazón. Apreciar los beneficios que produce el ejercicio continuado de la Meditación; mejora el funcionamiento físico, mental, emocional y psicológico del practicante. Se accede a una comprensión de la vida liberada de engaños y etiquetas.

¿De verdad quieres que tu hijo sucumba en un estilo de vida que solo le va a conducir a lo más negativo?

La felicidad no consiste en la posesión materialista sino en el disfrute de las cosas. Hagamos realmente de nuestra familia un espacio de amor y crecimiento personal; despreciemos los aforismos economicistas que nos dicen que somos unidades de producción y consumo. Hagamos que nuestro consumo sea sostenible y racional. Que no atentemos contra el medio ambiente.

La última encíclica del papa Francisco, Laudato si (2), se dirige precisamente a esto, al amor y respeto que le debemos a nuestra casa común, la Naturaleza, y que todo atentado contra ella lo será hacia nosotros mismos. Que nos despojemos de la avaricia y de la codicia que tanto sufrimiento causan en la sociedad.

De verdad, si lo que deseas para ti y los tuyos es un Espacio Humano equilibrado, armónico, debes plantearte muy seriamente las cuestiones que hoy hemos apuntado. Te va mucho en ello; y a los tuyos y a todos. Reflexiona.

1.- Ver informe de la American Academy of Pediatrics en http://www.healthychildren.org/English/healthy-living/emotional-wellness/Pages/Helping-Children-Handle-Stress.aspx

2.- http://w2.vatican.va/content/dam/francesco/pdf/encyclicals/documents/papa-francesco_20150524_enciclica-laudato-si_sp.pdf

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.