El secreto de tus pensamientos. La tristeza.

Debe ser terrible que tu vida pase en un corto espacio de tiempo del bienestar y la alegría a la fatalidad y la tristeza.

Eso a nosotros nunca nos sucederá ¿verdad?

¿O sí?

Qué fácil resulta descarrilar en la vida; mucho más de lo que creemos. Hasta ahora todo nos ha ido razonablemente bien. Hemos crecido con nuestros padres; obtenido nuestras titulaciones académicas. Quizás nos hayamos independizado e incluso hemos formado un hogar. Cuidamos nuestro cuerpo y cultivamos la mente. Nuestra alimentación sigue pautas racionales; hacemos caso de nuestros expertos en nutrición y compramos productos frescos y biológicos en establecimientos de plena garantía. Hacemos ejercicio regularmente y nuestro organismo nos devuelve una imagen de triunfadores. ¡Cuánta felicidad!

Deambulaba por el centro comercial aquélla fría tarde de sábado un hombre de mediana edad con aspecto de indigente; sucio, mal peinado. No limosneaba, pero los transeúntes que pasaban a su lado se apartaban de él como si temiesen que les fuera a abordar para pedir. Los fines de semana los centros comerciales son lugares bulliciosos a los que mucha gente acude para escapar del aburrimiento, el tedio y la ausencia de actividades constructivas. Consumo irresponsable y comida basura en dosis preocupantes. Desilusionante.

El indigente se había sentado en uno de los bancos de mármol que se disponen por los pasillos del centro comercial. Todavía no había sido objetivo de los vigilantes de seguridad; esos personajes ariscos y poco amigos de dar explicaciones. Le cogen a uno del brazo y le acompañan amablemente a la puerta de la calle, quizás con una sutil invitación para no volver. Pero no, ahí seguía nuestro sin techo viendo pasar a la gente. Había en sus ojos una mirada de infinita tristeza; una ausencia total de impulso vital. Si escrutásemos su rostro podríamos llegar a imaginar a un hombre de treinta y tantos años que incluso bien pudiera resultar atractivo. Miraba con atención a dos jóvenes mujeres que se encontraban en la terraza de una cafetería departiendo una cálida conversación.

Cerró los ojos y su mente retrocedió en el tiempo y las imágenes de una vida que ya no volverá pasaron rápidamente por su imaginación. Aquellas mujeres le recordaron que hubo un tiempo en el que él se encontraba bien instalado en un cálido hogar disfrutando de una relación de pareja plena; viajes, trabajo, ilusiones compartidas, amor, mucho amor. Mientras sucedían las imágenes una presión en su pecho y abdomen le impedían respirar con normalidad. Apabullado por el gentío y por los recuerdos de momentos que fueron dulces y ahora se presentan amargos como la hiel, salió a toda prisa del centro comercial buscando aire fresco y un espacio abierto. A la salida se dirigió por la gran avenida y se perdió entre la gente que paseaba por allí.

A menudo, con excesiva frecuencia, las personas nos complicamos con pensamientos negativos que nos llevan a emociones que perjudican nuestra salud. La ambición desmedida, la preocupación constante por alcanzar más altas metas profesionales, la competitividad no justificada, aderezada con una buena dosis de pensamientos negativos tales como el miedo y la ira crean situaciones que suelen desembocar en un cambio indeseado con graves consecuencias para nuestro equilibrio físico y emocional; y, por consiguiente, poner en peligro nuestro sistema de relaciones personales.

Perdón, esperanza y comunicación. Quizás aquí residan, en cierta medida, las claves para mantener el equilibrio.

Ante una ofensa o desagravio podemos adoptar dos posturas; una, negativa, es la de vivir enfrascado en el resentimiento y en el anhelo de venganza. Esta postura generalmente deriva en un trastorno obsesivo que nos amarga la vida y la de cuantos nos rodean. Sin embargo podemos enfrentar situaciones negativas con un enfoque optimista, nuestra segunda (y deseable) opción, analizando las causas que las han provocado y adoptando medidas para que ello no vuelva a suceder. No se trata en modo alguno de hacer la vista gorda o de encogerse de hombros, ni mucho menos. Se trata de reaccionar positivamente ante un hecho que nos perjudica y tomar decisiones. No es un sofisma sino una estrategia que da muy buenos resultados. Como rezan los dos primeros Principios de Reiki, “Sólo por hoy no te preocupes. Sólo por hoy no te enfades

Insistir en pensamientos negativos de la naturaleza de la que estamos hablando hará que poco a poco se agrie nuestro carácter y se enturbien las relaciones con nuestros seres queridos. Porque no hay relación que aguante un escenario así. Los vínculos se deterioran y en la mayoría de los casos, cuando la conducta se ha hecho crónica, no hay vuelta atrás. Desde el principio, desde el momento en el que detectamos que nuestro entorno nos provoca insatisfacción debemos valorar todos y cada uno de los hechos y tomar medidas para evitarlos o reducir su impacto sobre nosotros. En este sentido es fundamental la comunicación entre las personas, analizar situaciones, apuntar soluciones y debatir sobre su conveniencia o efectos negativos que pudieran darse.

Aquél hombre había tenido un fracaso profesional monumental que le arrastró al abismo. Durante mucho tiempo se centró en él mismo, en sus problemas que día a día magnificaba. Acrecentaba su odio y su ira y se alejó emocionalmente de la única persona que podría haberle ayudado si hubiera existido comunicación. Pero no fue así. Y la situación degeneró hasta que la tristeza inundó su corazón. La tristeza, como algunos otros factores negativos, socava el optimismo y la esperanza y nos adentran en un oscuro túnel del que resulta muy difícil salir; y a veces con consecuencias dramáticas.

Como siempre, la clave reside en mantener un equilibrio emocional en base a un pensamiento positivo. Todos los pensamientos negativos deberían desterrarse, siempre y en todo lugar. Hasta de las situaciones más adversas se pueden extraer conclusiones positivas. Hay que buscarlas y nunca, nunca, dejarse llevar por el pesimismo.

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